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Tal vez la melancolía por una revolución que nunca será, constituyó el motor de esta historia sobre rebeldías ascendentes, hasta el punto que se precisa para alcanzar la radicalidad necesaria que hace que los seres y las circunstancias se muevan y que la historia sea menos áspera para las generaciones venideras, me empujó a la fabulación del conflicto que aquí se presenta, tal vez.

El caso es que al pairo de esta reverdecida euforia revolucionaria, decidí (obligado estoy a ello desde el momento que me pongo a escribir) definir y profundizar porqué un asunto dramático se me había puesto entre las manos.

Fue en el ejercicio de esta tarea cuando descubrí que en realidad quería hablar, de la rebelión, que no de la revolución, y del asombro y encantamiento que su revelación provoca. Yo quería hablar de una lucha social hasta sus últimas consecuencias, pero también del descubrimiento del ser sobre sí mismo, de la autorevolución que deviene como consecuencia de la rebelión contra nuestras entrañas.

Fueron mujeres las escogidas, por su presencia en la memoria de una época reivindicativa, porque soy autor fascinado en la crónica teatral de su universo y porque en ella la rebelión tiene que ser más intensa, más dura, por cuanto su campo de reivindicaciones se enfrenta a un número mayor de obstáculos sociales.

Ellas, empeñadas en encontrar el meollo de su dignidad y su condición, buscando, inmisericordes, el "hueso de su aceituna".

 

Jesús Domínguez

El Hueso de la Aceituna

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